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ANESTESIA ABAJO, AJUSTE AL MEDIO, PREMIO ARRIBA

El gobierno que prometió terminar con los planes reconvirtió la asistencia en una herramienta de gobernabilidad: sostiene a la clase baja con transferencias, descarga el costo sobre la media y deja el negocio arriba

ANESTESIA ABAJO, AJUSTE AL MEDIO, PREMIO ARRIBA

El gobierno que prometió terminar con los planes reconvirtió la asistencia en una herramienta de gobernabilidad: sostiene a la clase baja con transferencias, descarga el costo sobre la media y deja el negocio arriba

Hay una cifra que circula como verdugo del relato libertario y, al mismo tiempo, como coartada del ajuste. A diciembre de 2025, la Asignación Universal por Hijo cubría 4.114.513 niñas, niños y adolescentes, según las estadísticas de la ANSES. Los titulares eran 2.363.971. En paralelo, la Tarjeta Alimentar se reportaba sobre 2,5 millones de familias. Sumar esas prestaciones y venderlas como “seis millones de planes” es un truco de conteo. El fenómeno, igual, existe: la asistencia directa a la infancia es hoy el principal amortiguador político del modelo.

No es justicia social. Es compra de silencio.

De la crisis al cheque: cómo se construyó la herramienta

Los planes masivos no nacieron con Milei ni con el kirchnerismo de los 2010. El Plan Trabajar de los años 90 y, sobre todo, el Programa Jefas y Jefes de Hogar Desocupados de 2002, después del estallido, convirtieron la emergencia en política de Estado. Llegaron a cerca de 1,8 millones de familias. Se presentó como transitorio. Se volvió estructura.

En octubre de 2009, por el decreto 1602/09, Cristina Fernández de Kirchner creó la AUH. El salto fue cualitativo: ya no era un plan piquetero administrado por una organización, sino una asignación de la seguridad social para hijos de desocupados e informales. En 2011 se sumó la asignación por embarazo. Con Alberto Fernández llegó la Tarjeta Alimentar y se infló el Potenciar Trabajo, que superó el millón de beneficiarios y recreó la vieja intermediación de movimientos sociales.

Durante años, un sector del periodismo vendió cada ampliación como prueba moral. El cheque era “inclusión”. El padrón, “derecho”. La pregunta incómoda —si esa red sacaba a alguien de la pobreza o administraba la pobreza— quedó fuera de foco. El estigma del “planero” y el elogio de la “justicia social” eran las dos caras del mismo atajo: no discutir el fracaso del empleo formal.

El récord que no es el que se cuenta

Milei llegó prometiendo el fin de los planes. Lo que hizo fue partir la caja.

De un lado, recortó el universo más politizado. El Potenciar Trabajo se desarmó en 2024, se partió en Volver al Trabajo y Acompañamiento Social, se congeló el haber en $78.000 y en 2026 el gobierno avanzó con la baja de cerca de 900 mil prestaciones mensuales para reemplazarlas por vouchers de capacitación. Del otro lado, sostuvo y reforzó la red que llega al comedor de la casa: AUH y Alimentar, acreditadas por ANSES, sin piquete de por medio.

Esa es la clave política. El Presidente no cerró la asistencia. La reconvirtió. Sacó del medio a las organizaciones que podían cortar una avenida y dejó el depósito en la cuenta de quien tiene hijos a cargo. El que necesita come. El que organizaba, no.

Por eso el “récord” viral mezcla peras con manzanas. Comparar la AUH actual con los 250 mil planes de otra era, o sumar niños de la AUH con familias de Alimentar como si fueran personas distintas, sirve para el titular. No describe el sistema. Lo que sí describe el sistema es esto: nunca hubo tanta transferencia directa a la infancia conviviendo con un ajuste tan duro sobre el ingreso de quien trabaja en blanco.

Anestesia abajo

La clase baja no está “acomodada” en el sentido de una vida digna. Está contenida. Un hogar con AUH y Alimentar puede sumar, según los tramos de fines de 2025, más de $150.000 con un hijo y cerca de $278.000 con dos, entre la asignación —con el 20% retenido hasta la libreta— y la prestación alimentaria. No cubre una canasta total. Evita el abismo.

Ese piso tiene un efecto político brutal. Quien cobra todos los meses tiene menos incentivos para romper el orden. El hambre extremo organiza. El ingreso precario pero previsible desmoviliza. Milei entendió lo que el peronismo practicó durante años y lo dio vuelta: la transferencia ya no financia al piquete; lo reemplaza.

El Presidente llegó a admitir la lógica. Dijo que los beneficiarios pasaron a recibir mucho más al cortar intermediarios y subir prestaciones. Traducción: pagó el silencio por otro canal. No es filantropía. Es cálculo. La motosierra se exhibe contra “la casta” y contra el planero de campaña; la planilla, en cambio, protege el flanco que puede incendiar el conurbano.

Ajuste al medio

El costo no lo pone esa red. Lo pone la clase media asalariada y el jubilado.

El empleo registrado privado perdió cientos de miles de puestos desde diciembre de 2023. El salario real y el haber previsional absorbieron la devaluación, la licuación y el sendero de tarifas. El salario mínimo quedó en mínimos históricos de poder de compra. Quien aporta, quien alquila, quien paga luz y quien mantiene una obra social siente el ajuste en el cuerpo. Quien solo cobra la transferencia, lo siente menos.

Ahí está el contraste que el oficialismo no quiere nombrar y que la oposición simplifica. No hay un solo ajuste. Hay un ajuste selectivo. Se recorta obra pública, subsidios económicos, universidades, Potenciar, Progresar. Se preserva —y en términos reales, en varios tramos se mejora— la asignación que llega al sector con menos capacidad de protesta institucional y más necesidad inmediata. La media no tiene piquete ni cheque. Tiene recibo de sueldo. Y el recibo perdió.

Premio arriba

Arriba no hace falta un plan. Hace falta orden.

La desinflación, el superávit, la baja de algunos impuestos, el RIGI y la recomposición de activos benefician a quien tiene dólares, campo, acciones o capacidad financiera para esperar. El relato dice que “todos” ganan cuando baja el riesgo país. En la práctica, el que vive de un sueldo formal financió la estabilización; el que vive de un activo cobró el dividendo político de esa estabilización. La alta no necesita que la anestesien. Necesita que no haya estallido. Los planes, reconvertidos, cumplen esa función.

Ni milagro libertario ni gesta solidaria

El periodismo que durante una década transformó el padrón social en prueba de bondad ahora se escandaliza porque el mismo instrumento lo usa otro gobierno. Al revés, el periodismo militante del ajuste celebra el “fin de los planeros” sin mirar el extracto de ANSES. Las dos operaciones son perezosas.

La AUH nació para equiparar a hijos de informales con hijos de formales. Quince años después, se volvió el seguro de gobernabilidad de la Argentina pobre. Milei no inventó esa herramienta. Aprendió a usarla mejor contra su propia propaganda. Prometió destrucción. Administró contención. Recortó al que podía organizar y sostuvo al que solo puede cobrar.

Eso no saca a la Argentina de la pobreza estructural. Evita que la pobreza se vuelva calle. Mientras tanto, la media se achica y la alta espera. El Presidente no está haciendo justicia. Está durmiendo a los que necesitan para que el ajuste pase por encima de los que todavía laburan.

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